Parar el fascismo en Madrid y en Andalucía

Compartimos nuestra reflexión política tras los resultados electorales en Madrid.

En primer lugar, las pasadas elecciones en la Comunidad de Madrid certifican la derrota de las llamadas izquierdas, que no sólo no han podido arrastrar el voto popular indeciso, sino que incluso han erosionado su base electoral de anteriores convocatorias. Hay que recordar cómo, inscritas en el “Gobierno más progresista de la historia”, estas izquierdas no han sido capaces de revertir las condiciones de vida de la clase trabajadora y de los barrios populares, quedando en mera palabrería lo que en su momento fueron promesas electorales: la derogación de la reforma laboral, de la reforma de las pensiones o de la ley mordaza, el fin de los desahucios, o la regulación del precio de la luz y del agua. Con esta situación de partida, que ha sido denunciada en numerosas ocasiones, el llamamiento a parar el fascismo no ha hecho más que aupar a quienes abanderan su discurso, como ocurriera en el caso andaluz en las elecciones del 2018.

A nivel político, las elecciones madrileñas confirman el triunfo de la normalización de la extrema derecha populista, la naturalización del sálvese quien pueda- quien pueda pagárselo, claro-, del racismo, del machismo y la misoginia. Los medios de comunicación no es que hayan sido cómplices, ocupando un lugar secundario o de apoyo, todo lo contrario, han sido parte activa y necesaria para difundir y amplificar los discursos de odio hacia los sectores de la clase obrera más marginados y subalternos, abriendo una brecha cada vez más insalvable entre quienes lo pasan mal y quienes lo pasan peor que mal.

Madrid es el catalizador de ese discurso y es lógico que lo sea dado su estatus de capital del Estado postfranquista español, de centro irradiador de un nacionalismo español clasista, supremacista y excluyente, y que se debe su posición al expolio al que somete al resto de pueblos del Estado, especialmente al pueblo andaluz.

Frente a ello, la llamada izquierda en todo momento ha bailado al son de una candidata que lejos de ser “tonta” o una inepta ha demostrado ser perfectamente funcional a los intereses políticos de la oligarquía española y a su proyecto de Madrid como bastión neoliberal y postfranquista.

Esta izquierda institucional había llamado a parar el fascismo, obviando que éste ya estaba perfectamente instalado en las instituciones. Más allá de discusiones terminológicas, el caso es que el fascismo estaba ya ahí en esas instituciones en las que esa izquierda no solo participa, sino que en determinados casos gobierna con las limitaciones ya apuntadas.

Debemos señalar que parar el fascismo no puede ser un lema electoral, no se puede convertir en el voto útil a tal o cual partido, sino que es un eje central para la ruptura democrática y popular con el régimen de la oligarquía española heredera de Franco, y la transformación social revolucionaria. El voto no es una varita mágica, su verdadera utilidad en un régimen como éste reside solamente en estar respaldado por la organización y la lucha de la clase obrera y los sectores populares oprimidos, y esa izquierda que ha llamado a parar el fascismo en las urnas ha sido un freno tanto en Madrid como en Andalucía a la organización y la lucha.

Independientemente de las repercusiones que lo ocurrido en Madrid pueda tener en la política institucional andaluza, especialmente con un Ciudadanos herido de muerte y con sus votantes en disputa por las derechas extremas de PP y Vox, más allá de susanistas y sanchistas, más allá de si Unidas Podemos imita a su hermano mayor madrileño y desembarca a algún líder para tratar de salvar el barco del naufragio, desplegando una épica antifascista de cartón piedra, e incluso más allá de si hay “papeleta andalucista de izquierdas”, la cuestión en Andalucía, en este país oprimido y sometido, es cómo organizar a la clase obrera y los sectores populares. Por donde hay que empezar es por no dejar ni un espacio ni un rinconcito al fascismo, no darle la oportunidad para la manipulación y la mentira, no darle la oportunidad para que nos odiemos y convertir nuestra tierra en un espacio de lucha entre explotadas. Y muy importante: no podemos darle la oportunidad para que sigan utilizando Andalucía y lo andaluz a su antojo, como arma arrojadiza contra otros pueblos del Estado español; nuestra cultura y señas de identidad son armas imprescindibles de organización y lucha obrera y popular antifascista, porque no pueden conseguir que nos odiemos por ser obreras y andaluzas.

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